Inglaterra, celosa en la conservación de sus tradiciones,
ofrece al visitante mucho más que altivos castillos y aldeas con encanto. La
diversidad del paisaje y su rico patrimonio cultural, literario, artístico y
arquitectónico, conforman una nación que ha sabido equilibrar las demandas del
presente con el peso del pasado.
La campiña está moteada de granjas y preciosos pueblos, con
pintorescas casas de labor y cuidados jardines. El centro de un pueblo es una
antigua iglesia y un pub pequeño y cálido. Aquí el ritmo de vida se sosiega;
beber una pinta de cerveza en una acogedora posada de pueblo y descansar ante
un buen fuego es una costumbre inglesa consagrada con el tiempo. Los forasteros
son bien recibidos, aunque no sin manifestar una cierta cautela, pues a pesar
de que la formalidad estricta es cosa del ayer, los británicos tienden a ser
reservados.
Marti Creus

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